sábado, 5 de enero de 2019

Violencia doméstica, violencia de género

Por J.M.Bou

Una de las reivindicaciones más actuales del feminismo es la relativa a los “crímenes machistas” o "violencia de género”. Los medios de comunicación nos impactan a todos con terribles noticias sobre maridos que asesinan violentamente a sus esposas o las maltratan de un modo brutal. El machismo mata, nos dicen como conclusión. El “heteropatriarcado” mata. Para evitar esta tragedia hay que destruir el machismo, acabar con el sexismo, desarticular al patriarcado, fomentar el feminismo. 


En el plano jurídico, este objetivo se logrará mediante leyes desiguales, que, por ejemplo, castiguen más a un hombre que mata a una mujer, que a una mujer que mata a un hombre, o que renuncien a perseguir las denuncias falsas de maltrato, aunque esto derive en indefensión al hombre falsamente acusado, incluso que desconozcan la presunción de inocencia de los hombres y que den más valor a la palabra de una mujer, solo por ser mujer, que a la de un hombre, solo por ser hombre. En realidad, no importa cuál sea la pena asociada a estos delitos, solo que sea mayor en un caso que en otro. Las mujeres asesinadas no son víctimas concretas, para la mentalidad feminista, solo la individualización de “la mujer” como concepto abstracto, una mujer que, por definición, sufre una “violencia de género estructural”. Como tal, los hombres que las mataron no son sus verdadero y únicos asesinos. El hombre, en general, lo es, solo por su condición de hombre, beneficiado, quiéralo o no, por el patriarcado impuesto a través de los siglos. 

Quien proponga elevar la pena por un parricidio de mujer sobre varón hasta equipararla con la que se impone por un parricidio de varón sobre mujer o a extender las medidas de protección a las mujeres maltratadas a hombres o niños igualmente maltratados será llamado machista. De nada servirá que se desgañite explicando que no está proponiendo proteger menos a las mujeres sino más a los hombres. Machista será a su vez quien proponga sancionar las denuncias falsas de maltrato. Eso desincentivaría las acusaciones y, si generan alguna situación (o muchas) de injusticia concretas, es un pequeño precio a pagar por el bien mayor de minar al patriarcado. Lo mismo dirán de quien reivindique la presunción de inocencia de los hombres, un misógino que no está dispuesto a arriesgar su libertad por el objetivo superior de instaurar un feminismo hegemónico. Curiosamente, los mismos que claman por leyes desiguales, desaconsejan luego la cadena perpetua o, incluso, la prisión permanente revisable, y son partidarios de penas particularmente suaves e ineficaces, que no disuaden a los delincuentes violentos, incluidos los agresores, violadores o asesinos de mujeres de perpetrar sus fechorías. 

En el plano social, se combatirá esta lacra con campañas masivas en los medios y en la educación. Los hombres maltratadores se espantarán al ver al actor o actriz de moda afeándole su conducta en un anuncio. Los niños a los que enseñen a fregar los platos hoy, no serán violentos mañana. Mientras, las asociaciones feministas recibirán cuantiosas subvenciones para organizar todo este tinglado. Del presupuesto del Instituto de la Mujer de Andalucía, por ejemplo, a penas poco más del 2% va a mujeres maltratadas. 

Por supuesto, que la realidad no coincida con estos planteamientos es irrelevante. Peor para la realidad. Desde la adopción en España de la Ley Integral contra la Violencia de Género, que incorpora este ideario, los maltratos y crímenes de este tipo no han hecho más que aumentar exponencialmente. En los países teóricamente “más evolucionados” donde se llevan practicando estas políticas feministoides durante más tiempo, como los del norte de Europa, los índices de maltratos y asesinatos son mayores que en los del sur del continente. El país de Europa con menos maltratos y mujeres asesinadas es Polonia, con un gobierno católico-conservador que se niega a incorporar la agenda de género a sus políticas y que ya ha sido advertido de sanción desde la UE por ello. 


Existen, por desgracia, hombres que maltratan a sus esposas o compañeras. También existen casos, menos numerosos, pero cada día más frecuentes, de mujeres que maltratan a hombres. Se dan, también, terribles maltratos en parejas homosexuales, en las que no hay circunstancia “de género”, porque ambos miembros son del mismo sexo, aproximadamente en la misma proporción que en las heterosexuales. Hay padres (y madres) que maltratan a sus hijos e incluso que los asesinan (más mujeres que hombres, por cierto) e hijos y nietos adolescentes, de ambos sexos, que maltratan a sus padres o abuelos ancianos. Obviamente ni todos los machistas son maltratadores ni todos los maltratadores son machistas. Pero para la ideología de género, todos los casos que no sean encuadrables en su estructura doctrinal, en su batalla de sexos ancestral, simplemente no existen. Carecen de importancia. No tienen “sentido político”. 

Se argumenta que los hombres ejercen la violencia en mucha mayor proporción que las mujeres, pero no sabemos hasta qué punto es así porque, por ejemplo, no existen datos oficiales de hombres asesinados por sus parejas y, en todo caso, sea una realidad más o menos frecuente, quienes la sufren merecen la misma protección que a la inversa, dado que proteger también a los hombres (o a los ancianos o a los niños) no desprotege a las mujeres. Se interpreta que los asesinatos de mujeres son la punta del iceberg de una situación de machismo estructural, pero dado que la inmensa mayoría de los hombres nunca haría daño a una mujer esto no parece sostenible. 

Curiosamente, el que un porcentaje de los llamados “crímenes machistas” muy superior al de su presencia en la sociedad sea perpetrado por inmigrantes o por hombres de origen extranjero, procedentes de culturas misóginas donde no se respeta a la mujer como en Occidente, no hace a las propagandistas de género rebautizar estos crímenes como “multiculturalistas” ni las disuade de seguir aplaudiendo la inmigración masiva. Se aduce, finalmente que el porcentaje de denuncias falsas es nimio, pero dado que más del 80% de las denuncias no termina en condena esto parece poco probable. Como caso curioso, el ministro que aprobó esa ley en España fue acusado de maltratador por su mujer. ¿Un caso de cinismo mayúsculo o el ministro fue víctima de la misma desprotección a la que condenó a tantos y tantos españoles de sexo masculino? 

La violencia doméstica es una lacra terrible, que aumenta de día en día. Obviamente, la clave no está en “el género” ni en el machismo, sino en la impunidad que sienten los agresores ante la frecuente dependencia (económica, legal, incluso emocional) que tienen hacia ellos sus víctimas. En ese sentido, el colectivo más indefenso es el de los niños, porque su dependencia es mayor. Pero eso no les importa a las feministas ni a los propagandistas de la ideología de género, porque no les da protagonismo ni justifica las subvenciones. La violencia doméstica es una muestra más de mala salud social, que solo con el rearme moral y la sólida recuperación de los valores familiares se extinguirá a largo plazo. En el corto, debe combatirse teniendo en cuenta su verdadera naturaleza, comenzando por llamarla por su nombre, violencia doméstica, y no con el equívoco gramatical de violencia “de género” y con protocolos de actuación para proteger a todas las víctimas, por supuesto a las mujeres maltratadas por sus maridos, pero también a los hombres, a los niños, a los miembros de parejas homosexuales o a los ancianos, maltratados por sus mujeres, padres, parejas, hijos o nietos. Lo que, desde luego, no mejorará la situación, son las leyes desiguales, el fomento de las falsas acusaciones, el desconocimiento de la presunción de inocencia de los hombres o el regar, aún más, de subvenciones a las asociaciones feministas.

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